Diario de un combatiente
Me fijé qué hora era en la pantalla de
SubteTV y noté que una vez más estaba llegando tarde a la facu. Intenté imaginar alguna forma de evitar la falta. Ya estaba al borde de la depresión al darme cuenta de que no soy
Forrest Gump ni mucho menos
Superman, cuando por suerte vi la remera de un tipo que estaba subiendo por la escalera mecánica y decía algo así como que la única lucha que se pierde es la que se abandona. Así, con ese espíritu combativo, me propuse llegar temprano aunque tuviera que mover cielo y tierra. No sé si Evita volverá y será millones, pero lo que sí sé es que cuando sonó el
piii, estación Carlos Pellegrini y se abrieron las puertas, subimos, si no millones, al menos un cuarto de la ciudad de Buenos Aires. Pero yo, ni tonto ni perezoso, me abalancé sobre el primer asiento que vi libre: “llegaré tarde –pensé–, pero viajar parado, jamás”. Acababa de arrancar el subte, cuando sentí que algo me vibraba; agarré el celular y leí “llamada entrante, mamá”. “Sí, cómo estás má, estoy yendo a la facu, te escucho medio mal. Viste que te llamé esta mañana, vos que sabés de Historia, ¿por qué si Hobsbawm es marxista plantea que…” y la pregunta seguía, pero no los quiero embolar. Y mi vieja que me respondía con estructura, superestructura, determinación en última instancia y no sé qué más. Y yo diciéndole que sí, que claro, que bueno, te llamo más tarde, gracias má. Apenas le corté, un señor de lentes que estaba sentado al lado me dice: “discúlpame que me meta, las paredes no escuchan pero yo sí y te quería explicar que no es que Hobsbawm descarta lo económico” y después algo así como que la
vulgata, el marxismo ortodoxo y la Guerra Nuclear. Un cuarentón de traje y corbata nos miraba con cara de no entender nada; al rato se dio vuelta y siguió leyendo
Padre rico, padre pobre, un best-seller mundial. El tipo de lentes parecía especialista en el tema y pensé qué bueno que estaba sentarse al lado de alguien que tenía la respuesta a lo que justo quería preguntar: una especie de
Google, pero en la vida real. Dijo ser profesor de Teoría Política y supuse creerle, pero mientras nos bajábamos en la estación Ángel Gallardo, vi cómo en el andén nos esperaba riéndose un tal Carlos Marx.