
Hace dos años vine a estudiar a Buenos Aires. A los meses de mudarme, mi hermana trajo un gato a mi casa de Bahía. A mí me sonaba raro porque mi familia siempre fue fóbica a las mascotas. Mi mamá se quejaba de que los animales rompían todo y mi papá de que ya bastante bestias éramos nosotros. Pero, de la noche a la mañana, ahí estaba el gato: peludo y más chico que una mano, apenas si abría los ojos. En mi casa nunca se supo bien la mitología cristiana así que le pusieron de nombre Gaspar porque “era todo negro”. Después nos enteramos de que el negro de los reyes magos se llamaba Baltasar pero el gato ya tenía dos meses y no había vuelta atrás. Al principio me caía bien la nueva mascota familiar y cuando volvía a Bahía en vacaciones me divertía peleándolo con una rama. Pero, con el tiempo, empecé a notar algo raro. Mi mamá a veces se confundía y le decía “Gasti” en vez de “Gaspi”, mi hermana lo llamaba “hijito” y el gato comía mejor que yo. No es que sea celoso pero la semana pasada estuve buscando en
Google si existe el felinicidio.