
El primer día que fui a la facultad me sentí como Harry Potter entrando a un Hogwarts tercermundista. No es que la UBA no tuviera su encanto pero, claro está, una cosa es la magia que se aprende en Inglaterra y otra la que nos enseñan en la Argentina. Cuando era chico esperaba ansiosamente cumplir once para recibir una carta que dijera que no era un chico común sino un mago. Cuando llegó mi cumpleaños, me quedé hasta bien tarde aunque ninguna lechuza mensajera se asomó por el barrio. Concluí que tal vez se había extraviado la carta pero, seguramente, me llegaría otro día. Mientras tanto, cuando iba al campo de mis abuelos, practicaba con alguna rama tirada, la convertía mágicamente en una varita y decía “
wingardium leviosa”. La pronunciación no debió haber sido la mejor porque nunca logré levitar nada. Al final, me terminé conformando con el videojuego de Harry Potter y ver que al menos, en la pantalla, los trucos sí funcionaban.